Ya es el tiempo de las “muerte e’ chancho”. Claro, ya no son como antes, porque ahora hay que ir a revisar la carne, para ver si se puede comer y si algo falla, quedamos todos con las ganas.
Lejos, muy lejos quedaron aquellas, en las que yo participe juntando leña, llenando las ollas y tambores con agua, juntando sacos, y cucharas viejas para pelar el “chancho”. Era toda una celebración: juntar la leña con anticipación, que no faltara el choclo para “el tapón”, el canasto “pa’ las tripas”, el buen vino tinto, el zapallo, y el pollo más lindo “pa’ la cazuela” del primer día, “¡si pueh!”, porque la “muerte e’ chancho”, duraba dos días. La primera jornada solo se alcanzaba a carnear y a bajar las tiras de cuero con manteca, el segundo día era para la preparación de las prietas, mientras los hombres cortaban chicharrones sin parar, y aliñaban con abundante orégano sal y ají la carne que luego se dejaba secar al humo de la cocina a leña, para que así ésta nos durara casi para todo el invierno. Al “chancho” se le aprovechaba todo, las patitas, el cuero y las tripas gruesas que eran para las prietas, las delgadas que nosotros inflábamos con un “palo” de secuta eran para preparar las longanizas.
Sin duda era toda una fiesta, venían los vecinos, tíos y compadres, y el segundo día salíamos los más chicos a repartir «una mascaita» a cuanto vecino había en el barrio. Todo la comunidad comía prietas, sopaipillas, chicharrones y un pedacito de carne, que se ponía en un platito envuelto en un mantel echo de bolsas de harina cruda. Y salíamos cerro arriba y cerro abajo repartiendo felices, y felices quedaban también las familias que recibían esta «mascaita». No importaba si estaba lloviendo; ese día se salía de todas maneras a repartir, sagradamente.
Así se hacía: a veces de las familias más inesperadas llegaban con el engañito, y de vuelta, de vez en cuando, les devolvían el plato con naranjas, cebollas membrillos, o alguna legumbre en señal de agradecimiento. Todo era alegría y trabajo, mucho trabajo, por eso todas las manos servían. El lavado de tripas se hacía en el agua corriente del estero, la preparación de la chanfaina, las prietas, la cazuela, los chicharrones de “tapa guata” y los cientos de sopaipillas que se preparaban dejaban ver a muchas mujeres trabajando juntas por una causa, y otros tantos hombres friendo y revolviendo con una gran paleta las olletas y más olletas de chicharrones, (porque se mataban animales que daban sus cinco latas de manteca, la que debía durar hasta la primavera), así que para pasar el calor del que estaba en la labor de freír, a este se le pasaban a veces las copas de vino tinto, cuidándolo que no se fuera a caer al fuego.
Luego pasados estos dos días de compartir entre familia y amigos solo quedaba el lavado de ollas con grasa y la tarea de regresar todo lo que se había pedido prestado. La carne se guardaba en una “batea” y los cueros se colgaban en un alambre. Cada noche se llevaban de la cocina a la casa grande y al otro día se sacaban para ponerlas al humo a secar, y así ocurría en todas las casa de mi comunidad, cada invierno.
Es seguro que me faltan muchas cosas que agregar, y es que mirando el calendario, me di cuenta que este, era el mes que en mi casa siempre se mataba chancho y vinieron los recuerdos y el bullicio de aquellos días, y los quise compartir. 

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