Por Marisole Valenzuela

Cada vez que escribo o cuento mis historias, lo hago desde mi propia experiencia. Son situaciones que viví en mi niñez; esto de las adivinanzas era habitual cada tarde. Nosotros sentados a la orilla del fuego (a veces llenos de humo) y la leña mojadas, porque antes llovía semanas enteras. La leña se hacía poca, y no había tiempo de juntar mucha más. En lo personal recuerdo que nosotros teníamos unos enormes eucaliptos y de ahí sacábamos cáscaras, que al estar mojadas humeaban mucho más.
Por supuesto, en aquellos años nosotros no teníamos luz eléctrica (año 1975) y en los días de aguacero a las cinco de la tarde ya no se veía nada (en estas fechas es cuando los días son más cortos y las noches más largas), por lo que no nos quedaba más que sentarnos cerquita del fuego, en unas tiernas “banquitas”. Nosotros éramos una familia de unas ocho personas casi siempre; los demás ya habían emigrado. Entre todos rodeábamos el fuego. A esa hora se ponían las tortillas en el rescoldo y todos esperábamos para que estuviera lista, y cada noche pedíamos adivinanzas. Aburríamos a nuestros padres con ellas.
Ellos nos repetían una y otra vez los mismos acertijos, y cuando se acordaban de algun0 nuev0, ahí nos tenían varias noches insertos. Y es que quien entraba al juego, ya no se podía salir, (entrar al juego es cuando uno responde la adivinanza o pregunta algo relacionado a ella, por ejemplo “¿será la manzana?”) y a veces ni siquiera daban pistas. Nosotros preguntábamos, “¿se come?”, “¿está vivo o muerto?”, “¿hay aquí?”. Ellos nos iban diciendo, “tibio, tibio”, o “frío, frío” según estuviéramos cerca de la respuesta, y “caliente, caliente” cuando ya la teníamos en la punta de la lengua.
Buscábamos por todos lados, que podría ser. Ahí era cuando venía lo bueno: para los que no lográbamos adivinar, se venía un relato imaginario. Los perdedores eran “metidos” en cuerpos de personajes odiosos o mal olientes (todo en forma ficticia), y quedaban ahí hasta el otro día (imagínese eso con la mente inocente de la niñez). Luego nos limpiaban (a veces al otro día) y recién ahí nos decían la respuesta. Por supuesto todo se convertía en risas y alegría.
Los más chicos siempre perdíamos en el juego, y esperábamos cada noche para un cuento o una nueva adivinanza. Además, las adivinanzas aprendidas se repetían religiosamente. Las más conocidas eran “una gallina patoja cruza el agua y no se moja”, “chalupa, chalupa, si no la adivinas te corto la diuca”, “al medio de dos cerritos, canta un pajarito” y “de arriba vengo pa´ bajo voy abre las puertas que soy cantor”.
Estos y otros acertijos eran dichos “de corrido” todas las noches, y especialmente para la noche de San Juan, para la cual se preparaban nuevas adivinanzas, porque esa es la noche más larga. Juntábamos leña, se ponían las ollas temprano con “los cocimientos”, se molía el ají y hacía su debut el infaltable vino.
En aquel entonces, mi padre iba en busca del vino a donde “on’ Leopoldo”, claro que a veces la “Cutra” (recipiente que contenía la bebida) llegaba medio vacía y, en su defecto, mi padre andaba “bien entonado”, pero llegaba. Al otro día se tomaba vino con “ajenco” (conocida planta medicinal).
Queridos lectores, si de algo me olvido recuérdenmelo ustedes. Sé que hay muchos que vivieron esto o lo han escuchado. Hoy, con la tecnología, ya nadie conversa, ni se mira a los ojos, y hasta enojados nos ponemos cuando se va la señal. 

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Marisole Valenzuela Bastías

Folklorista y recopiladora
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