Un plebiscito con pasión y razón

Pasados algunos días desde el evento político-electoral más importante que ha tenido el país desde la vuelta de la democracia -no solo por la relevancia natural que tiene un proceso constituyente, ya que no se relega a cuestiones...
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Pasados algunos días desde el evento político-electoral más importante que ha tenido el país desde la vuelta de la democracia -no solo por la relevancia natural que tiene un proceso constituyente, ya que no se relega a cuestiones meramente constitucionales- y ya con los resultados conocidos -Apruebo y Convención Constitucional- podemos ver que el proceso está marcando el fin de un modelo y el inicio de un período histórico con orígenes muy convulsionados. Más allá de la adherencia u oposición que se tenga del proceso constituyente, sin lugar a dudas los deseos de cambio son más profundos y extendidos, al punto de transformarse en una nueva perspectiva que afecta todas las áreas de la vida social.
Con lo anterior no estoy dando a entender que lo constitucional quede en un segundo plano, en absoluto; más bien debemos comprender la trascendencia del proceso constituyente como una instancia de deliberación para algunos y de un romanticismo para otros, donde, el primero, se trata de un camino de reflexión en el que se consideran los pros y contras antes de tomar una decisión, y el segundo, como aquella posición en donde se da mayor prioridad a los sentimientos que a las instancias objetivas y/o racionales. Así como debe primar la libertad de conciencia en este evento democrático, también debería primar la libertad para que los ciudadanos elijan las razones y formas en cómo expresar sus posturas -siempre bajo los parámetros de tolerancia y orden-, sobre todo porque en la Democracia la lógica de ser reflexivos e informados no es un requisito per se, ya que en este régimen no gana lo mejor sino lo más popular, aunque tampoco son excluyentes.
Sin embargo, tomar el camino del romanticismo sin la deliberación -más aún con los serios problemas de educación que tenemos como chilenos- es lo que ha provocado que el debate público se llene de juicios de superioridad moral por un lado y de discursos del terror por el otro. Dudo que todos aquellos que estuvieron por el Apruebo sean comunistas que quieran hacer de Chile un régimen bolivariano o que más del millón de personas que salieron a las calles el año pasado a manifestar su descontento contra las injusticias y el modelo predominante sean marxistas comprometidos. Como también dudo con seguridad que aquellos que votaron por el Rechazo sean personas sin consciencia social, arribistas y de extrema derecha. De lo que sí estoy convencido es que la gran mayoría de los compatriotas quieren ver un país mejor, más justo y más libre, sean estos los que hayan votado por el Apruebo -casi el 80%- o el rechazo -poco más del 20%-.
Debemos tener cuidado, pues, aunque sea legítimo tomar el camino de cierto romanticismo, si éste se encuentra carente del proceso de deliberación, se puede actuar de forma no democrática, aunque sea dentro de un proceso democrático. Por esto, invito a todos los compatriotas a que, en estos días posteriores al reciente Plebiscito histórico, conversemos y defendamos lo que creemos con pasión, pero, sobre todo, informémonos lo más que podamos, leamos los pros y contras de lo que puede ser nuestra nueva Constitución, porque entre más conocimiento tengamos, más luz habrá en cada decisión que tomemos.

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