La situación actual del mundo, Chile y nuestra región nos mantienen en alerta y con una perspectiva de futuro que va cambiando día a día. Hace poco más de un mes, parecía lejana la posibilidad de tener que enfrentar al COVID-19 en Ñuble, hasta que llegó el primer caso. Hace unas semanas, tranquilos y numerosos transeúntes recorrían el centro de San Carlos (a una distancia notoriamente inferior al metro y medio recomendado por la autoridad sanitaria) y hoy el panorama es incierto.
Una de las pocas cosas claras que existen es que esta situación perjudica seriamente dos cosas: la salud y la economía (en ese orden). La salud, aquel derecho fundamental de todo ser humano sin importar condición social o cultural, es lo que hoy se pone en juego.
Por otro lado, la billetera de pequeñas y medianas empresas está al borde del colapso, sobre todo en aquellos nichos comerciales que se han visto más afectados. También sucede en las grandes empresas (pero allí sufren los trabajadores, para los cuales el desempleo es una nube negra que cada día es más difícil de disipar).
Con un Ministro de Economía señalando que “no estamos en el mejor momento para mitigar esta situación” y unas predicciones estadísticas que señalan “el riesgo” que representa para las empresas el que los trabajadores no asistan a sus naturales jornadas, no nos queda más que decir que la encrucijada política y social está hoy en este dilema: la salud o la economía.
La salud, como uno de los principales Derechos Humanos, debe estar en el centro de todas las políticas (sociales y económicas) de cada nación. La cuestión radica en que, en este sistema de consumo, las billeteras han ido adelgazando de manera inversamente proporcional al aumento de las medidas de prevención y confinamiento.
La gran respuesta a la que debemos llegar, guiados (obviamente) por las autoridades que deben cumplir sus funciones y velar por nuestro bienestar, es cómo hacer que la economía no quiebre a aquellos locatarios que no han podido abrir, aquellos que han abierto sus locales pero no logran costear ni el arriendo y aquellos trabajadores que no están asistiendo a sus jornadas de trabajo y, por ende, según lo estipulado desde La Moneda, están recibiendo menos ingresos (cobrando el Seguro de Cesantía, dinero que irá disminuyendo mes a mes, puesto que así funciona dicho seguro) justamente cuando las etiquetas de precios en productos de primera necesidad va al alza (a fines del mes pasado el gremio panadero señaló que el valor del pan podría aumentar hasta un 20%).
“Para el comercio local un día sin vender es un día sin sueldo (…) eso a la larga hará que muchos quiebren”, señaló hace dos semanas el pdte. del gremio de emprendedores de Punilla.
¿Serán los bonos y las inyecciones económicas del Estado, suficientes para evitar un golpe mayor a la alicaída billetera chilena? Eso estará por verse. Claro está que aquí hay dos bandos: los que quieren resguardar la salud a toda costa y los que señalan que “No podemos matar toda la economía por salvar vidas humanas”.

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