«La pesadilla del Matapacos»

Columna de opinión en LA FONTANA, el medio digital de la Región de Ñuble.

El Negro Matapacos fue un perro que se hizo famoso durante las protestas estudiantiles del 2011 en nuestro país, porque tuvo la particularidad de ladrar y amenazar a la policía uniformada, y aunque murió el 2017, en las protestas del llamado Estallido Social del 2019, se consagró como un ícono de las facciones más ultras de la izquierda, llegando a convertirse en un símbolo de los partidarios de la revolución fallida, hayan sido estos desconocidos ciudadanos como miembros de la clase política.

Pero ¿por qué recordar en estos días a un animal que no fue consciente de razones políticas y de luchas ideológicas? Es porque el espíritu matapacos que hace un par de años era alabado cual dios pagano en procesiones carnavalescas de antaño, hoy en día se ha convertido en el fantasma que aparece como pesadilla en la mente de aquellos que lucharon por obtener el poder de manera ilegítima y facciosa, y que ahora al detentar este poder, añoran con ansiedad que desaparezca de la memoria de la gente ante el juicio social.

Habría que tener ceguera intelectual para no darse cuenta que los octubristas no cometieron zoolatría, sino que necesitaban de un ícono social que convertía su ideología en una especie de religión. Pero los profesantes en aquel entonces juraban que todo el Estallido emergía con pureza de las entrañas de la sociedad, cosa que los escépticos nunca creímos, y con razón dudamos, porque filosóficamente no existe una acción que no emane de un pensamiento. Entonces, ¿Cuál fue el pensamiento que los octubristas sostenían en su relación con la policía uniformada, es decir, carabineros? Aquella que hunde sus raíces en las fibras teóricas profundas de un marxismo alternativo.

Tomemos un ejemplo de ello, en abril de 1970, el filósofo Louis Althusser escribía una tesis política llamada «Ideología y aparatos ideológicos del Estado», donde señalaba que tanto el Ejército como la Policía son aparatos represivos del Estado cuyo objetivo es asegurar por la fuerza las condiciones políticas del sistema imperante (para los marxistas esto es las relaciones de producción). Sin embargo, estos aparatos represivos también utilizan la ideología para asegurar la cohesión y reproducción de las mismas, como los valores que ellos manifiestan.

Dado este contexto teórico, podemos dilucidar con mayor claridad el comportamiento que han tenido ciertos grupos sociales y políticos en su relación con las fuerzas de orden y seguridad. Pues no se trata simplemente de una aversión hacia Carabineros por las particulares experiencias de vida que cada uno haya tenido, más bien se trata de la predisposición ideológica que hay detrás de estos grupos para justificar en discurso y acción una constante campaña de odio y desprestigio a una institución tan elemental como carabineros, donde la confrontación física no basta, sino que es necesario el conflicto en el relato. Pues los Carabineros se constituirían como aquellos aparatos represivos que protegen a los “pigs” del Estado Neoliberal (según la obra musical de Pink Floyd). Sí, quizás para los sacerdotes del perro Matapacos los carabineros serían una especie de «dogs» oportunistas, pero manipulados.

Aunque nada más lejos de la realidad, porque este relato no pasó la prueba del tiempo, pues demostró que aquellos que estamos en niveles socioeconómicos más bajos o populares, no sufrimos simplemente una supuesta opresión de relaciones productivas por los que están arriba en la estructura social, sino que también sufrimos la violencia de aquellos que horizontalmente no respetan las normas legales y éticas de convivencia, pues son los mismos que no tienen valor por los derechos naturales de su prójimo, que son la vida, libertad y propiedad. Estos derechos naturales, se dice, deben ser protegidos por el Estado, dado que los ciudadanos entregarían su propia soberanía para que quien detente el poder pueda protegerlos.

Pero ¿qué pasa cuando el Estado no es capaz de cumplir su rol más básico? Pasamos al caos y al miedo constante, porque no se trata simplemente de que la policía uniformada no tenga la capacidad de proteger al ciudadano, se trata de que en nuestro país y en su oscura realidad, la policía está siendo sobrepasada por aparatos de fuerza ilegítima, y eso a la sociedad la desespera. Es por esa razón que estamos viendo un constante y creciente apoyo a Carabineros, porque gran parte de la ciudadanía se está dando cuenta que el orden y la seguridad forman el escenario más propicio y básico para resguardar los derechos naturales, siendo la policía la custodia de estos derechos, como brazos instrumentales del Estado.

No quiero dejar de lado el aspecto emocional que ha llevado a las personas estar lamentándose por la muerte de sus carabineros en estos días, porque todos sabemos que detrás del uniforme hay un ser humano y una familia, sino también porque hay una sensación de desesperanza y pesimismo que toma cada vez más fuerza cuando un ciudadano decente pierde su vida y un criminal solo tiene como pérdida el respeto por el otro y el miedo a ser castigado.

Ante estos escenarios no es sorpresivo que gran parte de la ciudadanía abandere el orden y la seguridad como temas más urgentes en la agenda gubernamental y legislativa, y junto con ello, el símbolo Matapacos se convierte en una religión proscrita, en una herejía social. Esto el Gobierno lo sabe muy bien, porque más allá de la relevancia obvia de la seguridad ciudadana, hay un factor de termómetro social, donde la popularidad importa más que la ideología. En este sentido, el perro Matapacos ya no es el ícono pintoresco de un movimiento ciudadano y un Estallido Social, sino que se convirtió en la pesadilla de los que hoy gobiernan, como aquellos pecados públicos del pasado que son imposibles borrarlos de la memoria colectiva.

Esta sección es un espacio abierto, por lo que las opiniones vertidas aquí pertenecen exclusivamente a su autor y no necesariamente representan una mirada editorial.

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