Cada verano, el sur de Chile enfrenta una prueba que ya no puede considerarse excepcional. El aumento sostenido de las temperaturas, la sequedad del suelo y la continuidad de grandes extensiones forestales configuran un escenario propicio para incendios de rápida propagación, con impactos directos en comunidades rurales, infraestructura y ecosistemas. De acuerdo con Conaf, durante la temporada 2023–2024 se registraron miles de incendios forestales en el país, con más de 70 mil hectáreas afectadas, una proporción relevante concentrada en las regiones del centro sur, incluida Ñuble.
En ese escenario aparecen los trabajos voluntarios de verano. No como una reacción improvisada, sino como una decisión que se repite año tras año y que se sostiene incluso cuando las condiciones climáticas y territoriales son adversas. Mientras el calendario se llena de propósitos personales, algunas personas optan por poner su tiempo al servicio de otros. Lo hacen desde compañías de Bomberos, organizaciones sociales, ONG sin fines de lucro, agrupaciones juveniles, comunidades religiosas o educativas, y desde familias que se organizan con recursos propios y redes locales.
El intercambio es directo y desigual si se mide en términos materiales. Se entrega trabajo físico bajo temperaturas que superan las olas de calor, jornadas extensas, desgaste emocional y exposición al riesgo, a cambio de una palabra de agradecimiento o de una comida compartida. Lo que se entrega es tiempo, el recurso más limitado que tenemos. No se recupera ni se adelanta. Solo existe en el acto de decidir qué hacer con él y con quién compartirlo.
Por eso el voluntariado no puede entenderse como un gesto accesorio o complementario. Diversos estudios en psicología y economía del comportamiento muestran que las acciones altruistas fortalecen la cohesión social y generan efectos positivos en el bienestar individual, impactos que no se obtienen por vía económica ni prescriptiva.
En Chile, esta disposición no es mayoritaria. La encuesta Casen 2022 señala que cerca de un 8,4% de la población participa en actividades voluntarias formales, de acuerdo con los resultados del módulo de participación social. Aun así, cada verano hay estudiantes que viajan a comunas rurales para mejorar espacios básicos, mujeres que acompañan a personas enfermas sin redes de apoyo y brigadistas que enfrentan el fuego cuando el cansancio ya se ha instalado. En un sur sometido a condiciones cada vez más intensas, ese tiempo entregado sin retorno sigue siendo una de las expresiones más claras de responsabilidad colectiva y de valores humanos.



















