Chile acogió el Congreso Futuro 2026, probablemente el mayor encuentro de divulgación y reflexión científica de América Latina. Su 15ª edición reunió a más de 120 expositores globales (Nobel, científicos preeminentes, estadistas internacionales) que coinciden en posicionar el conocimiento como el activo más preciado de las sociedades modernas. Este «TED latinoamericano» congregó miles de personas para debatir desafíos contemporáneos en ciencia, tecnología, filosofía, política, cultura y artes, fomentando un diálogo transformador entre expertos y ciudadanía común.
Este acontecimiento de talla mundial interpela directamente a quienes educamos y formamos profesionales en la era del conocimiento: ¿cuánto saber genuino estamos generando en aulas, laboratorios y territorios locales? Más allá de formar técnicos y profesionales para el sistema productivo global, ¿qué legado perdurable de conocimiento estamos realmente construyendo para las futuras generaciones?
En medio del congreso, cuando intelectuales y ciudadanos compartían espacios comunes, resonó una frase que llevo años recordando: «Los campesinos producimos comida que llevamos a la ciudad, y las universidades generan conocimiento que se lleva al campo». Esta reflexión aparentemente sencilla revela la profunda complejidad de generar saber auténtico, cuya definición integra aportes fundamentales de gigantes del pensamiento como Humberto Maturana -con su «vivir es conocer»-, Umberto Eco -crítico feroz de la «sociedad de la opinión»- y Peter Drucker, reconocido mundialmente como el padre de la teoría de la Sociedad del Conocimiento.
Muchos aún creemos medir la riqueza nacional en toneladas de cobre, barriles de litio o tierras raras destinadas a industrias aeroespaciales y armamentísticas. Sin embargo, eventos como Congreso Futuro nos confrontan con nuestra condición microscópica en el cosmos y nos recuerdan, como una marca hecha con hierro ardiente, todos los desafíos pendientes por delante: matrículas insuficientes en carreras STEM para cubrir siquiera las necesidades básicas del sector productivo nacional, investigaciones sistemáticamente cortoplacistas y escasa inversión estratégica de mediano plazo y mucho menos en el largo.
No es una sentencia definitiva, sino una convicción profunda: sin ciencia desarrollada en todos sus ámbitos y disciplinas, difícilmente tendremos un futuro viable como nación. Un ejemplo crudo lo vemos en los laboratorios farmacéuticos, que concentran miles de millones de dólares en estudios en oncología mientras dejan desatendidas las bacterias infecciosas que amenazan la salud global, priorizando siempre la rentabilidad inmediata sobre las necesidades más urgentes de la humanidad.
El llamado es a hacer de la ciencia el centro de nuestras casas de estudios y al conocimiento el principal legado.



















