“Estaba prohibido hacer teatro. Nos hubieran metido presos ‘al tiro’”

Ricardo Rodríguez, actor sancarlino, fundó la compañía de teatro "El Litre", en un Ñuble controlado por la dictadura. Este mes, su trayectoria fue reconocida por el Teatro Magisterio de Chillán, en el marco del Día Nacional del Teatro.
Ricardo Rodríguez sobre el escenario. | Foto: Francisco Cea
Ricardo Rodríguez sobre el escenario. | Foto: Francisco Cea

Con esta pandemia, nada es como antes. Ni los encuentros sociales, ni la salud, ni la educación, ni los espectáculos pero, de todos esos ítems, el último ha sido uno de los más postergados o excluidos. ¿La razón? En la calculadora y el excel la cultura y las artes no figuran como «vitales» y eso se siente; es cosa de preguntarle a cualquier músico, actriz o artista en este país. La semana pasada fue el Día Nacional del Teatro -en homenaje a Andrés Pérez, director tras la reconocida obra «La Negra Ester»- y en Ñuble los actores locales hicieron lo suyo.

Ricardo Rodríguez Sepúlveda es un actor sancarlino. Se enamoró del teatro en su juventud; lo estudió en la Universidad de Chile y, en plena dictadura, fundó la compañía «El Litre» en Chillán, con la que estrenó inéditas obras nacionales en la periferia de Ñuble. Sobre él, Viviana Moscoso -una de las mujeres más destacadas del teatro chillanejo, directora de Temachi (Teatro Magisterio de Chillán) y Entepach (Encuentros de Teatro para Chillán), comentó a La Fontana que «Ricardo tiene una trayectoria notable de años haciendo teatro, con compañías que han nacido en la región y ha trabajado la parte educativa».

Vía telefónica, Ricardo Rodríguez conversó con La Fontana.

Rodríguez, conectado vía Zoom en la conmemoración del Día del Teatro 2021. | Foto: Francisco Cea

Usted fue reconocido como el actor local destacado este año, en el marco del Día del Teatro. ¿Cómo se toma este reconocimiento?

Es muy satisfactorio, pero recibo el reconocimiento sabiendo que, si bien está radicado en mi persona, corresponde al trabajo que ha realizado un grupo grande de gente del teatro chillanejo, y que fue reconocido en su momento cuando una universidad norteamericana hizo un análisis del teatro latinoamericano. Uno de los colectivos destacados en él fue «El Litre» de Chillán, donde yo trabajaba.

-Entonces lo recibe entendiéndose como la representación de un colectivo...

Sí. Fue siempre un trabajo de equipo, de grupo, y como después de eso seguí activo, hoy me tocó recibir este homenaje. Lo recibo en nombre de toda la gente que, cuando era muy complicado hacer teatro, siempre aceptó la invitación a participar.

-¿Cómo se gestó «El Litre»?

«El Litre» surgió a raíz de que nosotros (él y un grupo de colegas), que eramos parte del Teatro Universitario, en el 73, fuimos expulsados de la Universidad (de Chile). Estaba prohibido hacer teatro. Los que salimos tuvimos el propósito de crecer. No podíamos hacer lo que queríamos, porque nos hubieran metido presos altiro. Dijmos: «tenemos que ser muy buenos trabajadores teatrales para poder llegar a hacer lo que queremos hacer».
Primero, llegamos al Teatro Experimental de Chillán (con las restricciones posteriores al golpe del 11 de septiembre). Pasó el tiempo -cuando trabajamos la obra Pedro, Juan y Diego- y ahí dijimos «creemos que es tiempo de hacer el teatro que siempre hemos querido». Ahí hubo cuatro o cinco colegas que se atrevieron con esta tarea. Con un grupo partimos con Teatro «El Litre», desde el año 80 para adelante.

-¿Por qué acuñaron ese nombre?

¿Por qué le pusimos «El Litre»? Porque, en ese entonces, se hacía un teatro muy relajado, de simple entretención. El dicho dice que «a la sombra del litre no se puede descansar». Dijimos: «aquí tienen que venir a hacer un teatro de reflexión».

-¿Cuál fue el propósito de «El Litre»?

Un primer propósito fue que nunca estuvieramos en el centro, sino en las poblaciones (por el contexto de la época). Conocimos a Juan Radrigán (dramaturgo chileno, fallecido en 2016); él nos comenzó a pasar sus obras apenas las terminaba. De hecho, varias veces nos llegaban los libretos escritos a máquina, y al final de las hojas había algunas anotaciones a lápiz, porque venían recién saliendo del tintero de Juan.
Los años pasaron. Entre medio llegó el retorno a la democracia. Yo volví a San Carlos. Estuve haciendo teatro acá.

-Y ahora, ¿a qué se ha dedicado?

Hace 12 años fui llamado por el Consejo de la Cultura y las Artes para trabajar en un programa que se llama «El Arte en la Educación» y desde ahí en adelante he hecho teatro escolar, formación de estudiantes en el área teatral y presentaciones tipo monólogo con Víctor Fuentealba, con quien hemos armado un collage de Radrigán. He desarrollado un trabajo teatral esporádico, también he participado con Luciano Venegas, que ha escrito dos obras; a él le gusta lanzar sus novelas en un formato diferente y dramatizamos algunos capítulos. También he trabajado junto a artistas que realizan exposiciones en el Centro Cultural (San Carlos de Itihue), como Sergio Méndez, y, soy cuentista en escuelas, grupos infantiles de la zona y el Teatro Municipal de Parral (región del Maule).

-A nivel de escuelas, ¿Cómo encuentra usted que perciben el teatro las comunidades?

He trabajado en las escuelas (municipales) de San Carlos, y lo que puedo decir es que la comunidad lo recibe muy bien, pero, por ejemplo, son menos los directores (de los establecimientos) que aprecian el llevarle a sus alumnos el trabajo artístico. Lamentablemente, no todos logran apreciar la importancia que tiene la educación artística a todo nivel: teatro, danza, baile. Le da nuevas herramientas a los niños.

-De sus vivencias en ese contexto, ¿destaca alguna en particular?

Sí, muchas. Por ejemplo, una vez me pasó lo siguiente con un director de escuela. El trabajo teatral, comparado con lo que esperábamos, salió un desastre. El director, después de la puesta en escena, me llamó a su oficina. Me dijo: «cuénteme, ¿qué le pareció?». Le dije «hubo muchas fallas técnicas, falló la música, falló la iluminación, los niños se confundieron, realmente a mi me pareció malo».
El director, sorprendido, me preguntó si conocía a la niña que hizo de relatora en la obra. «Sí», le dije, «tiene muchas capacidades, hizo su parte muy bien». «¿La conoce bien? Esa niña tiene nota roja en su curso»; yo no tenía idea. Ahí está el éxito del taller de teatro. Esa niña es una niña que nunca antes había tenido la posibilidad de manifestarse, de expresarse. Ahí es donde los directores valoran y, a veces, se abren puertas nuevas.

-Y esas actividades ya no se pueden hacer en medio de esta pandemia. Ustedes han debido adaptarse…

Claramente. Ahora con esto del coronavirus he estado desarrollando el relato de cuentos en forma personalizada, utilizando los medios que hay: llamar a niños conocidos y relatarle un cuento en forma personal, lo que hace importante a ese pequeño espectador. Se sienten muy importantes al ver que alguien les llama para contarles una historia. Todo se hace a la distancia, no queda de otra.

-¿Qué le parece la forma en la que, como país, se ha enfrentado esta crisis en el espectáculo y las artes?

Entiendo que, necesariamente, tenemos que ajustarnos a las nuevas circunstancias. Pero a nivel de autoridad se está produciendo un gran bache. Se han reducido los presupuestos de cultura y con los concursos pasa lo siguiente: si te llaman del Fondart y en el mismo concurso hay un proyecto de un artista de renombre, ese ya lleva un cincuenta porciento de ventaja. Los fondos no deberían ser concursables, deberían haber evaluadores profesionales que analicen las características de lo que se presenta. Si llevan dos proyectos, uno de un don nadie y otro de un actor de renombre, se queda siempre el que aparece en la tele, y eso nos afecta a todos.

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