San Carlos: Una ciudad a medias

En un nuevo aniversario de la ciudad, conviene hacer un análisis de la realidad. Hay cosas que deben ser dichas. Malos accesos urbanos, calles que no dan abasto, ausencia de comercio y el fenómeno de "ciudad dormitorio".
Vista aérea de San Carlos
Vista aérea de San Carlos, en la Región de Ñuble | Street View

San Carlos no es una buena ciudad para vivir, le faltan muchas cosas. Esta frase no es una opinión, sino una síntesis del último Índice de Calidad de Vida Urbana que publicó el mes pasado la Cámara Chilena de la Construcción y la Pontificia Universidad Católica de Chile.

El estudio, que se publica año a año, mide parámetros esenciales para la calidad de vida, es decir, para el bienestar de quienes habitan en las ciudades. Condiciones laborales; ambiente de negocios; condiciones socioculturales; conectividad y movilidad; salud y medioambiente; y vivienda y entorno son las seis variables medidas por la instancia.

En la última versión del índice, San Carlos apenas tiene un solo indicador en verde; todos los demás en rojo. La ciudad quedó categorizada en «baja calidad de vida» y es una de las diez ciudades más bajas de las áreas metropolitanas del país. Porque, sí: San Carlos se ubica en el área metropolitana de la conurbación de Chillán (que incluye a Chillán, Chillán Viejo y San Carlos).

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La ciudad solo puntúa bien en el item de salud y medioambiente. En todas las otras áreas se sitúa por debajo del promedio nacional.

El estudio arroja un puntaje para cada ciudad. El más alto en áreas metropolitanas fue para Concón (Región de Valparaíso), con 61,68. ¿El más bajo? Maule, con 41,9. San Carlos se llevó un 45,13, a solo nueve puestos del final de la tabla.

Por más que estos datos pudiesen causar molestia a la actual administración municipal o a los ediles, son eso: datos, no opiniones. El Índice de Calidad de Vida Urbana es uno de los pocos parámetros, por no decir el único, que nos da la oportunidad de medirnos y compararnos. Y San Carlos no da el ancho.

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Condiciones mínimas

Es de esperar que estos indicadores hayan alarmado tanto a la Municipalidad de San Carlos como al Gobierno Regional de Ñuble y la Delegación Presidencial Regional. Solo tres ciudades de la región son medidas por el estudio y, aparte de San Carlos, Chillán y Chillán Viejo, solo quedan unas cuantas posiciones más arriba, en «media-baja calidad de vida».

Pero, ¿por qué deben alarmarse estas instituciones del Estado? Pues, precisamente, porque una de las funciones del Estado chileno en todas sus formas -sobre todo la más local, el municipio- es asegurar el bienestar o las condiciones mínimas para el desarrollo de las personas. Precisamente, esa función es una de las pocas que traspasan todo el espectro político.

Y es ahí en donde San Carlos está muy al debe. De partida, San Carlos es un libro sin portada. No tiene ni siquiera una entrada digna. El acceso sur es una avenida angosta y una intersección llena de baches, en las cuales cada vehículo que pasa pone a prueba sus capacidades, y la entrada norte se confunde entre los pasajes de una población.

Para qué mencionar la compleja semaforización de calle Vicuña Mackenna por sobre la Ruta 5. Los semáforos están mal programados, lo saben los instructores de conducción y también los sancarlinos que ingresan por esa zona a la ciudad. Llega a ser tragicómico: hay posiciones en las que el semáforo no cambia del rojo durante cinco o seis turnos.

El alcalde anterior se jactó en su momento de que es una «ciudad turística» -comportamiento que la nueva administración municipal no a cambiado, ya que allí sigue la Oficina Turística Municipal-. Pero si, por esas cosas de la vida, llegase un grupo de turistas, ni siquiera sabrían que están entrando a San Carlos, porque la ciudad no tiene ni un solo un letrero de bienvenida. Sí, ese mismo letrero que han prometido dos alcaldes, varios concejales y la ponderada Secretaría de Planificación Municipal.

Pero todo esto, de los accesos principales y la existencia o ausencia de un letrero que dé identidad, es algo poco comparado a los problemas que afectan a los miles de sancarlinos. Pagan altísimos pasajes en locomoción, tarifas incluso más altas a las que existen en el Gran Concepción (Región del Biobío), y con recorridos mucho más pequeños.

Además, deben soportar calles angostas y puentes de madera. Mismos puentes que, cada uno o dos años, hacen noticia por ser reparados. Así es la vialidad en San Carlos: una reparación constante de puentes «de palo». Y, como «para que no se note» el cambio tan drástico entre los semáforos y los puentes rurales, antes de cada viaducto hay calles de ripio -a solo cuatro cuadras de la Plaza de armas- que recién este año comenzaron a ser pavimentadas.

Puente de madera y canal con arbustos y árboles rodeándole.

Por otro lado, hay fechas en las que el centro cívico desaparece para transformarse en un recinto multiuso. Ya es usual que cada verano, al no existir una explanada o un recinto que albergue ferias, exposiciones, o simplemente puestos ambulantes, estos copan la plaza. Y no solo la manzana principal, sino también las estrechas calles. Calles donde, por lo demás, está prohibido estacionarse (Serrano), pero día a día una veintena de vehículos ocupan sin fiscalización.

Y a esta realidad, sumémosle la desaparición de locales comerciales, empresas de previsión o industrias que, veinte años atrás, nadie hubiese creído que se irían de la ciudad. Todo esto hace que los más de cincuenta mil habitantes de la comuna estén en un constante peregrinar hacia Chillán, lo que se ve cada fin de semana en las plazas de peaje.

En cuanto a empleos, es cosa de pararse en los accesos a San Carlos en hora punta para ver a decenas de vehículos que ingresan por la tarde-noche, ya que trabajan fuera de la zona. Es el fenómeno de «ciudad dormitorio» y ocurre porque la urbe está creciendo en población, pero no en desarrollo.

A eso se le suman la totalidad de jóvenes que egresan de enseñanza media y buscan seguir estudiando. Como en todas las comunas de Ñuble salvo Chillán, la juventud debe emigrar para estudiar. Pero en San Carlos, cosas tan cotidianas como bajar de un bus inter-regional se torna dificil, ya que la ciudad no cuenta con un terminal que le albergue. Los pasajeros bajan y suben en pequeñas garitas en la carretera, inclusive a altas horas de la madrugada.

Y hablando de desarrollo social, ¿qué ocurre con el prometido Polideportivo de San Carlos? Vino el Gobierno de Piñera a «inaugurar el proyecto» con bombos y platillos, pero nada ha ocurrido. Resulta que los terrenos no son aptos para construirlo, y eso ha tenido en vilo la obra. De hecho, a inicios del 2022 el Instituto Nacional del Deporte pidió la devolución de los recursos que dio para el recinto. El actual alcalde, y exdirector de obras municipales, se comprometió con encontrar una salida al asunto que heredó su administración, pero el recinto no tiene ni los tijerales.

La lista es larga y podríamos seguir. Algunos podrán decir que este texto editorial es crítico, pesimista y negativo. Puede que lo sea, pero en ciudades donde solo se amplifican discursos institucionales y la monotonía no da pie a estos espacios, hace falta decir estas cosas. Decirlas para que, quienes deben hacerlas, las hagan. Esa es la gracia de una sociedad donde cada uno hace su parte.

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Esta publicación es un texto editorial, por lo que no lleva firma y su autoría corresponde al medio de comunicación.

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